EL CUADRO DE MI VIDA

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Hace años… demasiados años, vivía un viejo pintor, frente a un mar frío y encrespado, muy cerca del sur de Francia.

Aquel genio, de cuyo pincel tantas fantasías habían brotado, se disponía a iniciar otra obra… nunca sabía si sería la última y, percibía que, posiblemente, aquella lo fuera. Por tanto, debía ser especial. Dibujaría una vida, y escogió ilustrar la mía…

Empezó por trazar, en la parte superior de la lona, a un hombre con media sonrisa y mirada inteligente. Sería mi padre. Un hombre justo, así que lo dibujaría con una balanza en su mano izquierda. A su lado tendría el motivo de su existencia, su esposa, mi madre. Los que contemplaran el cuadro debían sentirla tan próxima que sus ojos color del ámbar los seguirían de inicio a fin en la sala, como la Mona Lisa. El artista simbolizaría su inocencia, bajo una túnica blanca, y su bondad, con un halo luminoso tras de sí.

Ahora dibujaría en el centro, en la parte inferior del lienzo, a su vástago… pero al pintor no se le ocurría cómo representarlo… Aquel padre y aquella madre no le transmitían cómo debía ser su fruto… Pasaron largos días, y la sonrisa del hombre cada vez se tornaba más triste. Por si fuera poco, la mujer ya no lo seguía por la sala…

Así que el pintor debía sorprender con algo convincente… bosquejaría un gran león, feliz y risueño. Lo dibujaría con unos patines en sus patas traseras, con unas robustas patas delanteras sobre suelo firme, y con un libro abierto frente a su pecho. El león no tendría hermanos, pero si debía situar buenos amigos a su derecha: así dibujó las palmas blancas de unas grandes manos, significando la honestidad de sus íntimos, una sonrisa, y un hombro en el que apoyarse.

Y a su izquierda quiso trazar, bajo un corazón hecho de retales, a quienes alguna vez ocuparon ese músculo que a veces le dolería y otras le sonreiría, pero siempre latería con fuerza. Dibujó una fresa, escurridiza y juguetona, con quien el león descubriría la dulzura y la acidez; un precioso oso blanco de perfil, al que halló en las frías tierras del Polo Norte, intentando alcanzar siempre un madroño, y sobre unos deslumbrantes tacones colorados; una bata blanca de doctora que le enseñaría durante el camino en el que coincidieran; una hermosa barca marinera sobre una playa de roca queriendo huir sin saber a qué parte de la lámina; una bella mazorca de panizo, color del oro, como el hombre de maíz del país al que el león tanto amaba; y coronando, un sombrero mexicano irradiando todos los colores del mundo, y sólo mirándolo, el rey de la selva se iluminaría.

Cuando el pintor ya había trazado todos los componentes del cuadro, añadió al león una bonita barba, y dibujó de fondo del cuadro, una bella montaña con una muralla árabe en lo alto y, a lo lejos, el mar añil que tanto adoraba…

Lo había conseguido… gracias Salvador…

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